Navidad en Tenerife

El sur de Tenerife es un buen sitio para desabrigar la Navidad. Cada año por estas fechas, miles de turistas llegan a la isla con sus vacaciones a cuestas y, sin perder ni un segundo de su valioso tiempo, en cuanto llegan al hotel y deshacen las maletas, agarran en volandas sus días de descanso y los llevan directamente a la playa para desentumecerlos bajo el sol. Una vez allí, a orillas del mar, los visitantes miran de reojo la Navidad que han sacado de sus respectivos países y comprueban con orgullo cómo va cogiendo color a una velocidad más rápida de la esperada. Incluso, si se paran a observarla con más detenimiento, pueden llegar a ver cómo se va desinflando poco a poco hasta que, pasados unos instantes, acaba por fundirse con la arena.
 
El desinflado que experimenta en el sur tinerfeño una Navidad extranjera al uso, es decir, una Navidad de frío intenso y oscuridad a las cuatro de la tarde, es un proceso extremadamente placentero por cuanto en él intervienen el calor y el paisaje. En primer lugar, de forma sutil pero implacable, la calidez de la temperatura va entrando en el contraído ánimo navideño, dilatándole las venas y empujándolo hacia los brazos de la vida al aire libre. Luego, como quien no quiere la cosa, el mar, las palmeras y las terrazas de bares y restaurantes, hacen el resto, convirtiendo esa Navidad en una renegada de la nieve y de las palabras envueltas en vaho. En cuestión de horas, ya es otra.
 
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