Desde hace algún tiempo necesitaba dedicar algunas líneas a la isla de mis antepasados, La Gomera. Mis ascendientes vivieron durante siglos en el caserío de Erquito, enclavado en uno de los barrancos más profundos e inaccesibles de la isla colombina. Mi abuelo fue el primero de su estirpe que partió de La Gomera allá por los años treinta del siglo pasado. Dejó atrás el ganado, los cultivos, la bruma de las majestuosas montañas y el olor a tierra húmeda y a laurisilva. Al igual que mi abuelo, muchos gomeros dejaron la isla, década tras década, en busca de mejor vida, riqueza e ilusiones.
Hoy, ochenta años después, casi nada ha cambiado en la mayoría de las zonas rurales de la isla. Muchos parajes mantienen prácticamente intacto su encanto de antaño. La riqueza natural y paisajística hace de La Gomera el lugar ideal donde practicar casi cualquier deporte en contacto con la naturaleza: senderismo, escalada, hiking, trekking, ciclismo de montaña y diversas modalidades del llamado turismo activo o de aventura.
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